24 de enero de 2018

Ser, comunidad de aprendizaje en Macas

Sabíamos que en Macas había una familia que nos podía recibir. Nos habían dicho que sería lindo que nos conociéramos porque también ellos hacían documentales con pueblos originarios y muchas veces viajaban con sus hijos.
Y así fue, en nuestra vueltita por Oriente no podíamos dejar de pasar por Macas. Tania y su familia nos recibieron de maravillas, compartimos unos días llenos de actividades y cosas para hacer.
Ellos junto a otras familias de la zona conforman Ser, comunidad de aprendizaje. Una búsqueda más cercana a los intereses verdaderos de los niños, respetando sus tiempos, sus ganas y también inculcándoles responsabilidad acordes a sus edades.
Apenas llegamos, al ver que había muchos niños por ahí, enseguida les ofrecimos hacer un taller de Stop Motion como intercambio por darnos hospedaje. Varios chicos se engancharon con la propuesta. Tuvimos la suerte de conocer a la familia italiana Happy Family Biocycling. Ellos están recorriendo nuestro continente en bicicleta, con dos hermosas hijas.
Así que nuestro personaje Utopín tuvo alegremente su segunda aventura, esta vez en la selva! Los chicos más grandes de la comunidad, ya casi adolescentes, se habían quedado con ganas de participar de otro taller para chicos de su edad. Así fue que nos propusieron quedarnos para poder compartir con ellos un taller más. Acá están los resultados de los dos talleres.
Gracias a todos por recibirnos y por hacernos parte de Ser, comunidad de aprendizaje, aunque sea unos pocos días.



23 de enero de 2018

Un mundo nuevo pinta dentro de mi

En las playas de Máncora (Perú), debajo de un puente, después de varias manos de pintura, Javi había conseguido que nuestra casita rodante quedara blanca.
Ya unos días antes le había rasqueteado la pintura anterior que debido al fuerte sol y algunas lluvias peruanas se había descascarado bastante.
¿Y ahora? Teníamos dos paredes enteramente blancas para dejar volar nuestra imaginación y pensar que nos gustaría pintar.
En Lima habíamos conocido a Marcos y Mona de Lectura Rodante, como contamos en alguna crónica anterior. Marcos aparte de ser guionista y novelista, es un buen dibujante y uno de esos días en Máncora, nos dijo: si quieren piensen algo y yo les ayudo a pintar. Y ahí empezaron a surgir ideas, que una playa, que un atardecer, que un mapa, que una cámara…
Nos volvimos a encontrar en Punta Sal y Javi recordó un tatuaje que alguna vez había pensado en hacerse.
Allí, arriba de un cerro y al borde de una piscina se bosquejaron las primeras líneas.
El principal tema era la pintura. Nuestro ideal era ver si podíamos conseguir alguna donación, pero nos parecía difícil. ¿Por qué alguien iba a querer donarnos la pintura?

Después de poco más de un mes volvimos a encontrarnos con Marcos y Mona en Guayaquil. Nuestra casita seguía blanca pero ya teníamos más idea de lo que nos gustaría hacer.
-       Lo ideal sería crear un evento donde podamos pintar la casa, hacer una feria viajera y que la gente se acerque, pueda participar de talleres… - fantaseaba Javi.
-       ¡Si! Tenemos que conseguir la pintura – y ahí se terminaban nuestras fantasías.
En realidad, no habíamos ni averiguado cuánto salía la pintura, pero nos parecía que no estaba a nuestro alcance.
Fue en Salinas donde surgió el contacto de Carlos de Manglaralto, un joven que trabajaba en el Centro Cultural de esa localidad dedicándose a la gestión cultural. Pronto queríamos seguir nuestro viaje hacia el norte y Manglaralto quedaba de paso así que nos pusimos en contacto con él para ver si podíamos hacer alguna actividad. Carlos nos cuenta que el fin de semana próximo se realizaban unas fiestas y ferias en un pueblo llamado Barcelona. Le preguntamos si podíamos participar dando algún taller y enseguida nos contestó que sí. Ahí nomás le comento nuestra idea de pintar la casita rodante y de hacer una feria donde la gente pueda participar. Me sorprendió que muy contento me contestó que sí, que seguro podíamos conseguir las pinturas. De repente todo lo que había sido parte de nuestra imaginación se empezaba a hacer realidad.
Llegamos a Manglaralto y nos encantó, paramos en un estacionamiento súper tranquilo frente al río que daba al mar y donde comienzan a formarse los manglares que justamente dan nombre al pueblo.
Allí conocimos a Carlos quien se portó siempre muy amable con nosotros, nos consiguió donde comer, desayunar y nos ayudó a recorrer las ferreterías del lugar para preguntar si nos podían ayudar con las pinturas. La gente de Barcelona nos colaboró con muchas ganas y así pudimos armar el evento que habíamos imaginado.
Frente a la plaza central del pueblo estacionamos la casita rodante y la “camio” de Lectura Rodante y allí, mientras algunos vecinos se acercaban, Marcos y Javi comenzaron a darle color a nuestra pared blanca.
En Salinas, a Marcos y Mona, les habían donado un montón de libros para su proyecto, así que junto a las artesanías armamos nuestro puesto para que la gente pueda llevarse algún libro o recuerdo. Por la tarde, Marcos dio un taller de lectura para los más pequeños. Mientras tanto, el mural iba tomando forma y color.
Iba pasando la tarde, el sol iba perdiendo sus fuerzas y la gente pasaba, se acercaba, algunos se llevaban un libro a colaboración voluntaria; otros, alguna artesanía y los no tan tímidos se quedaban charlando un poco del viaje.
Pintar la casa para nosotros significó un gran avance, darle color y sentido a nuestra casita, la que nos cobija en cualquier lado adonde la llevemos. Ahora ella ya habla por sí misma e invita a los curiosos a acercarse y ponernos a charlar.  


En una pared tenemos nuestro mural y en la otra, nuestras manos y mucho espacio en blanco para que los amigos del camino nos den y nos dejen grabadas sus manos.

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¡Gracias a Marcos y Mona por sumarse al objetivo de pintar la casa! ¡Gracias a Carlos Torres de Manglaralto y al pueblo de Barcelona por ayudarnos con las pinturas y de esa manera hacer que todo sea más fácil y que sigamos creyendo en que si uno lo imagina, lo puede lograr!




14 de diciembre de 2017

Viajando con amigos

A los chicos de @Lectura Rodante los conocimos en Lima. Allí coincidimos varios viajeros y a muchos de ellos los encontramos en la presentación que hicimos de uno de nuestros documentales en la Casona de Rick. Pablo y Marian de Dos que van por América contaron y cantaron sus cuentos para soñar y nosotros proyectamos “Huanacache, tierra huarpe”. También estaban Bruno y Eliana de El Viaje Sin Nombre.
Fue una noche muy linda por la calidez del lugar y porque siempre es placentero encontrarse con viajeros y compartir lugares, historias, anécdotas. Nos despedimos sin saber si nos íbamos a volver a ver, pero sabiendo que las rutas siempre sorprenden y de repente hacen que nos crucemos de nuevo.
Y así fue con Marcos y Mona de Lectura Rodante. Nos volvimos a ver en Máncora, donde otro grupo de viajeros terminamos viviendo debajo de un puente, cumpliendo aquella predicción de más de una madre: Así vas a terminar debajo de un puente!!
Allí también estaban Facu, Pame y Tuca de Proyecto Cumbancha. Jere y Anita desarmando y armando carpa y Mauro y Mari de Viviéndola América.
Debajo de aquel puente empezó a hacerse realidad la posibilidad de pintar la casa rodante. Marcos se ofreció a darnos una mano.
Luego volvimos a coincidir en Punta Sal, más al norte de Perú; y los bocetos de algunos dibujos empezaron a aparecer. No sabíamos si íbamos a tener la pintura o si nos íbamos a volver a ver, pero las ideas seguían naciendo.
Tanto ellos como nosotros seguíamos hacia Ecuador, pero al principio tomamos rumbos diferentes. Fue en Guayaquil que volvimos a coincidir, donde paramos en el Parque Samanes, un lugar muy recomendable para estacionar y disfrutar de las instalaciones que se ofrecen. Principalmente la ducha!!!
Los chicos estaban terminando de arreglar la camioneta que debido a las intervenciones de un mal mecánico se les había roto. Nosotros, con planes de proyectar “Vientos de Albardón” en el Festival de Cine de Guayaquil y de conocer un poco la ciudad. También con ganas de reencontrarnos con unos viejos amigos y encontrarnos con nuevos.
Así fue que compartimos poco más de una semana juntos en Guayaquil y juntos también, partimos a recorrer la costa.
La primera parada fue Salinas. No me acuerdo exactamente donde, Marcos le había regalado a Tahi su novela “Los dibujos sin memoria”. Lectura Rodante es un proyecto que promueve la lectura, donde Marcos que es escritor va dando talleres tanto para niños y adultos, invitando a que la lectura sea un hábito en nuestras vidas. Mona lo acompaña con sus talleres de couching, donde también el leer es importante para que podamos alcanzar nuestros objetivos. Estos libros son nómades, es decir que después de leerlos hay que regalarlos para que ellos también sigan su viaje.
Con Marcos y Mona compartimos más de un mes viajando juntos.
En Salinas celebramos el cumpleaños de Javi e Inti, donde improvisamos torta y festejo en medio del estacionamiento donde parábamos.
Después de Salinas vino Manglaralto, donde en el pueblo cercano, Barcelona, finalmente pintamos la casita (esta experiencia la contaremos en un post aparte). Luego Puerto López, San Lorenzo, Crucita y Mompiche.
En todo este tiempo Tahiel fue leyendo la novela de Marcos. Nunca autor y lector han estado tan cerca. Al menos para nosotros. Fue lindo ver cómo Tahi le preguntaba a Marcos porque pasaba tal cosa, mientras Marcos explicaba y también quería saber que parte o qué personaje le había gustado más. Esta lectura provocó en nuestro hijo las ganas de escribir. Luego de terminar el libro, empezó a escribir su propia novela. Hermoso saber que, en nosotros, la semilla que va llevando Lectura Rodante, encontró tierra fértil para germinar.
Al momento de elegir a quien darle el libro viajero, Tahiel ni lo dudo. El libro era para Feli, su gran amigo en Argentina.
Nuestros vehículos también nos dieron tela para compartir. La camioneta de los chicos no arrancaba sin un tirón, que antes de salir hacia algún lado debíamos darle con nuestro auto.
El Gran León venía andando bastante bien y de repente cuando salíamos de San Lorenzo hacia Crucita, se rompió una manguera y perdimos toda el agua. Por suerte nos dimos cuenta a tiempo y paramos. Ahí Marcos con la experiencia que tenía por haber pasado por algo similar y junto a la ayuda de Javi lograron arreglarla al menos para poder seguir viaje. Estuvimos como 6 horas en la ruta, donde los chicos probaban mangueras, buscaban abrazaderas, cortaban por acá, ajustaban por allá. Hasta que finalmente el trabajo en equipo tuvo sus frutos. Ya se estaba haciendo de noche, así que decidimos volver a San Lorenzo y al otro día seguir hacia Manta.
Para Inti también fue lindo compartir todos estos días con Marcos y Mona. A ella le encanta visitar las otras casitas, así que siempre andaba jugando, pintando o simplemente estando en “la camio” de los chicos.  
En Manglaralto, Mona nos dio su taller de couching para viajeros donde reflexionamos sobre las distintas formas de comunicarse y la importancia de hacer saber al otro lo que quiero y espero. Esta experiencia aún nos sigue enriqueciendo ya que siempre recordamos algunas enseñanzas de aquella tarde en la playa.
En Mompiche nos despedimos, sabiendo que seguramente podíamos volver a vernos en Quito. Era raro para nosotros ir por la ruta sin ver adelante a “la camio” de los chicos.
Pero así es el viajar, el apego y desapego constante. Saber que podés volver a verte o no pero que los momentos que se vivieron quedan pegados en cada uno de nosotros.
Hacer amigos, compartir rutas, mecánicos, arreglos, desarreglos, playas, estacionamientos, comidas, lecturas, películas. Eso es el viajar, no sólo sumar kilómetros.