16 de septiembre de 2018

Cuentos de la familia viajera - Capitulo 1


Somos una familia argentina que viajamos por Latinoamérica. Viajamos por muchos motivos: porque nos gusta conocer gente, porque nos gusta conocer lugares y, sobre todo, porque nos gusta conocer historias.
En estos cuentos vamos a ir narrando algunas de esas historias que encontramos en el camino. Ojalá sigamos cruzándonos con historias bellas y fantásticas como la que les presentamos en este primer cuento.
¡Los invitamos a pegar un salto dentro de estos cuentos viajeros y familieros!
El papá se llama Andrés, la mamá Teresa, el hijo mayor Otto y la niña Pía.


Una experiencia marina


Nuestra familia viajera llegó a una playa en la costa chilena. Una caleta de pescadores, tranquila. Sólo las gaviotas la visitaban de vez en cuando. Pero justo el día que ellos llegaron se ve que las gaviotas se habían puesto todas de acuerdo para hacer su visita en ese momento, porque había muchas, pero requeté muchísimas gaviotas. Parecía que se hablaban entre ellas del ruido que hacían.

—Estas gaviotas no se van. Seguro que están esperando a ver qué hacemos de comer —dijo Otto, al ver a las aves que chillaban cada vez más entre ellas.
—Se están riendo, porque nos van a atacar – dijo Pía, en su propio idioma, pero los demás entendieron lo que quería decir.
       —Ay nena, siempre vos tan dramática —le dijo Otto y la desafió a hacer una carrerita hasta la playa.

Pía no se iba a quedar atrás ante ningún desafío, aunque después perdiera. A ella no le importaba. Ella tenía muy en claro que lo importante era participar y divertirse. Así que empezó a correr primera, a ver si le sacaba algo de ventaja a su hermano, quien obviamente en dos segundos la pasó y llegó antes.

Pero en realidad Otto no llegó a la orilla. Hubo algo que hizo que parara su carrera bruscamente. Antes de llegar al mar se encontró con un montón de redes que tapaban algo. Pía, cuando vio que su hermano se detenía, pensó que iba a aprovechar la oportunidad para seguir y ganar la carrerita, pero la verdad que ese montón de redes que ocultaban un algo grandote, le llamó la atención tanto o más que a Otto.  Se quedó al lado del montículo y adivinó la intención de su hermano. Comenzó a saltar haciendo fuerza con sus bracitos para arriba, alentándolo para ver lo que había ahí adentro.

Otto, ante la insistencia de su hermana, tomó coraje y levantó un poco una de las redes. La soltó rápido porque se asustó. Le pareció que algo se movía adentro.

—Y… ¿Si dejamos esto y nos metemos al mar? —le preguntó a su hermana.

Casi que no pudo terminar la frase. La red comenzó a moverse. Primero salió su cola de pez y después dio un giro y los chicos pudieron ver sus rulientos cabellos mojados por el mar. Otto y Pía se encontraron frente a una simpática sonrisa de una sirena que los invitaba a meterse con ella al mar. ¿Vamos?
Los chicos se miraron sin poder ocultar su asombro. ¡No lo podían creer! ¿Una sirena con rulos? ¿Y de piel morena? No era igual a las que habían visto en las películas. Pero sí estaban seguros de que era una sirena, y no todos los días se reciben invitaciones de sirenas tan lindas. Miraron a sus padres y vieron que estaban entretenidos preparando la comida, así que suavemente, se subieron al lomo de la sirena y los tres se sumergieron en el mar.
Naturalmente los chicos descubrieron que no tenían ninguna dificultad para respirar debajo del agua. Era claro que la sirena no los iba a poner en peligro.

—¿Adónde vamos? —preguntó Otto.

La sirena lo miró y le hizo entender que tenían que abrir bien los ojos. De repente, las medusas se acercaban y los acariciaban. Era la dulce manera que tenían de darles la bienvenida.
—¿Po qué no pelo illo? —preguntó Pía. A Otto le dio un poco de vergüenza la pregunta de su hermana, y como hacía muchas veces, la ayudó a que se hiciera entender y le contó a la sirena que Pía quería saber por qué no tenía el pelo rubio. En realidad, tuvo que confesarse que él también tenía la misma duda. La sirena sonrió.
—Las sirenas venimos de distintos lugares y somos tan diferentes como los humanos —contestó muy amablemente la mujer con cola de pez. Enseguida, aparecieron en un lugar donde los chicos no sabían hacia dónde mirar.

            Habían llegado a una ciudad submarina que los sorprendía por sus colores. ¡Contaron tantos colores! Hasta descubrieron algunos que nunca habían visto antes. Los chicos nunca se habían imaginado que el fondo del mar fuera tan colorido. ¡Al ver tantas cuevas de diferentes tamaños, Pía pensó que era el lugar ideal para jugar a las escondidas!

            Seguían avanzando arriba de la sirena y el asombro de Pía y Otto era cada vez mayor. El fondo del mar les estaba regalando una fiesta y los peces de colores parecían pequeños globos brillantes, como los que se cuelgan en los cumpleaños. Todos los habitantes submarinos estaban invitados y  vinieron ansiosos a saludar a los pequeños visitantes. Un grupo de medusas despeinadas se acercaron amigables, cargando en su umbrela a unos cangrejitos cansados de tanto nadar. Una pareja de caballitos de mar los rodeó creando una danza de suaves burbujas a su alrededor. Las anguilas tampoco quisieron perder su lugar y vinieron lentamente, desplazando sus largos y eternos cuerpos con pancitas plateadas. Por último, unos pulpos muy mimosos, extendieron sus largos tentáculos para brindarles el mejor de los abrazos.      

       —Este es nuestro refugio —los alertó la sirena—. Acá nos quedamos cuando el mar se ensucia de cosas feas. Y como el mar está cada vez más sucio, pasamos mucho tiempo en este lugar.

La hermosa sonrisa de la sirena se había ido por un momento. Los chicos notaron que estaba triste.

—¿Po qué mar puaj? —preguntó Pía, poniendo cara de asco. Esta vez Otto también le tuvo que explicar a la sirena que su hermana quería saber por qué se ensuciaba el mar.  Y de paso, también le explicó a su hermanita que muchas veces la gente tira basura en las playas y esa basura llega al mar.
—Lo más peligroso son las bolsas —explicó la sirena a sus nuevos amigos. Y les contó que el pez espada los estaba salvando.
—¿El pez espada? —se sorprendió Otto.
—Sí, el pez espada tiene un nuevo trabajo. Con la punta de su espada va agarrando todas las bolsas y después las llevamos a un lugar donde las anguilas, las mantarrayas y otros peces las reciclan.
—¿En el fondo del mar reciclan? —la sorpresa de Otto crecía más y más.
—Tuvimos que pensar qué hacer con las bolsas porque muchos de los peces quedaban atrapados en ellas y no podían salir más. Sobre todo, los más pequeñitos.

Otto y Pía estaban tristes y se quedaron pendientes escuchando a la sirena.

    —Entonces, primero al pez espada se le ocurrió capturarlas con su punta afilada pero después teníamos el problema de dónde tirarlas o guardarlas. Al principio, las mantarrayas se acostaban arriba de las bolsas y las aplastaban. Luego, las escondíamos debajo de las piedras. Pero nos dimos cuenta que no resultaba. El tema era poder usar esas bolsas en otra cosa. Hicimos varias reuniones de habitantes del mar –los chicos escuchaban atentos, ya no podían creer que en el fondo del mar pasaran esas cosas– y decidimos que lo mejor era adornar nuestras cuevas con las bolsas. Así, las anguilas con su energía le cambian las formas y los peces le dan diferentes colores.
Pía estaba sorprendida. Quería contarle a la sirena que a ella le gustaba mucho reciclar, pero no sabía cómo decírselo.
—Mami sí, yo sí —Otto pudo comprender lo que su hermana quería decir y le contó a la sirena que a ellos les gustaba reciclar y que hacían muchas cosas ayudados por su mamá.
—La verdad que, a nosotros es un trabajo que en el fondo no nos gusta, porque tuvimos que adaptarnos y cambiar nuestras costumbres.
—Ahh… —Pía se quedó pensando si había metido la pata.
—Pero igualmente, si bien, ahora nos estamos ocupando del tema de las bolsas, la verdad que lo ideal sería que los humanos cuiden más nuestro mar y no tiren más basura.
Otto se quedó pensando en que no era tan difícil dejar de tirar bolsas al mar.
—Me gustaría prometerte que pronto van a vivir como vivían antes —le dijo Otto a la sirena, mientras pensaba en todas las cosas malas que hacían los seres humanos y cómo se podía resolver.
 
La sirena sonrió. Estaba contenta de haber conocido a estos dos niños. Eran viajeros y seguro que iban a llevar su mensaje por los distintos lugares que iban a visitar.   

Otto miró a la sirena y se dio cuenta que habían aprendido mucho en este viaje al fondo del mar.  Era lindo saber que tenían una amiga ahí abajo.
La bella sirena les dijo que iban a dar un paseíto más entre las cuevas y que volverían a casa para que sus padres no se preocupen. Pía estaba feliz, le había encantado “viajar en sirena”.  
Los chicos se subieron otra vez al lomo de la joven mitad pez, mitad humana y se divirtieron agachando las cabezas cada vez que entraban en una cueva. La verdad que adornar esas cuevas tan hermosas con bolsas tiradas por humanos no era lo mejor. La sirena tenía razón.  

Otto y Pía estaban muy agradecidos con el paseo, en realidad no tenían muchas ganas de volver, pero querían contarles a sus padres la aventura que habían tenido.
La sirena los dejó en la orilla, se dieron un fuerte abrazo y prometieron que iban a cuidar el medio ambiente para que todo el mar, poco a poco, vuelva a ser un lugar limpio y colorido.
—Yo sé que ustedes lo van a lograr y cada vez que lleguen a la orilla de un mar acuérdense de mí —les dijo la sirena, moviendo sus rulientos rulos y se fue, dando un chapuzón que los dejó todos mojados, más allá de que ya estaban mojados.
Otto y Pía se miraron y decidieron mantener en secreto la aventura con su nueva amiga la sirena.
Llegaron a donde estaban sus padres.
—Vamos, chicos, ya está la comida. ¡Tenemos que comer el pollo antes de que las gaviotas nos coman a nosotros!
—¡Sí! Y tiremos toda la basura en una bolsa y después la llevamos con nosotros—dijo Otto.
—¡Claro Otto! —dijo la mamá—, eso tenemos que recordarlo siempre.

Otto miró a Pía y le guiñó el ojo, mientras le alcanzaba una pata de pollo. Las gaviotas miraban pendientes. No querían perderse ninguna sobra de ese rico almuerzo.

 Aquél no había sido un día más para Otto y Pía. El mar brilló de manera diferente ese atardecer. Guardaba un gran secreto y dos pequeños niños ahora lo sabían.


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