Cuando dejamos finalmente las comunidades huarpes del noreste de Mendoza, partimos hacia Uspallata. Un poblado ubicado al noroeste de la provincia, justo en el medio de un valle increíble, un buen punto de encuentro con “el otoño en Mendoza” para cualquier viajero.
Vamos en búsqueda de la comunidad Guaytamari, la única comunidad huarpe que se ancló en el valle. A unos 12 o 13 km de la ciudad se divisa el “hutu” (casa en huarpe), una especie de quincho circular que luego nos invitará a saborear la confianza a través de charlas, ruedas de mate y sobre todo, una ceremonia muy especial. Una avenida recorre los negocios del poblado, la misma te lleva a Chile por los infinitos paisajes de quebrada.
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Cuando llegamos a la comunidad nos encontramos con la sorpresa de que estaban reunidos hermanos originarios de distintos pueblos argentinos, como así también de Estados Unidos. Era un encuentro de las “Jornadas de Paz y Dignidad”, una carrera continental que se realiza una vez cada cuatro años y tiene la intención de unir las dos aves sagradas de cada hemisferio. El cóndor y el águila.
Una vieja profecía indígena reclama la necesidad de esta unión para que poco a poco vuelva el equilibrio perdido a nuestro continente.
Estas carreras tradicionales son una forma de honrar nuestro legado ancestral. Allí están representados todos los pueblos originarios de este continente y otros grupos sociales que compartan este mismo espíritu. Los integrantes de las Jornadas de Paz y Dignidad han encontrado en estas carreras un instrumento para que la humanidad esté un poquito más unida, una forma de ofrecer desde el corazón un granito de arena para que la conexión con la naturaleza comience a ser algo cotidiano para todos. |
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En la mañana siguiente nos dirigimos al Cerro Tunduqueral donde se realizó una ceremonia que tenía como principal ruego, el cuidado de los sitios sagrados. Muchos de ellos corren peligro de ser invadidos por turistas, de ser vendidos para crear centros comerciales y de esta manera se corre un gran riesgo de que pierdan su significado histórico y sagrado. Se acepta a los turistas siempre y cuando se acerquen con mucho respeto y tratando de no alterar a su paso lo que encuentran.
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En esta ceremonia en el cerro se presentaron los bastones de mando que llevan los corredores en estas carreras continentales.
Cada corredor corre la distancia y el tiempo que pueda ofrecer. Están los osados, que hacen todo el recorrido, desde Ushuaia hasta Panamá (para los que vivimos en el hemisferio sur) y otros que parten desde su ciudad de origen.
Cada corredor lleva consigo un bastón de mando. Este bastón atesora los deseos y anhelos de los pueblos y personas que lo construyeron y de alguna forman viajan con ellos.
Los corredores sienten una gran responsabilidad llevando estos bastones. Allí están las manos trabajadoras, las manos artesanas de tantos hermanos y hermanas que han soñado y elegido cada diseño y cada forma; pero sobre todo están los sueños, las esperanzas, las utopías de todos ellos. Cada bastón debe hacer todo el recorrido, debe llegar a unirse con todos los bastones de América, sin embargo los corredores sienten que son los bastones los que los cuidan a ellos. Todos los corredores nos han contado experiencias muy trascendentales para ellos a la hora de estar corriendo en el medio de la montaña, con hambre, con frío y con sólo el bastón como compañía. |
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Estas carreras comenzaron a hacerse en 1992. Son flechas, como ellos cuentan, flechas que salen de distintas ciudades y se van uniendo en una flecha principal hasta llegar a Panamá. Punto de encuentro con la flecha que viene del norte, desde Alaska.
Esta fue la forma que encontraron los líderes y representantes indígenas para hacer por un lado, la contrapartida a aquel enorme festejo que hacía España celebrando los 500 años de su terrible llegada al continente y por otro, un gran ruego, un ruego continental que colme las almas de todos para que las futuras generaciones puedan vivir en mejores condiciones. Pero no fue sólo eso, sino aún más ya que las carreras tradicionales han tenido continuidad y cada vez más gente se une a las Jornadas de Paz y Dignidad.
En este momento se está organizando la carrera del 2008, ésta será la quinta y nuevamente el “Anahuak” (hemisferio del norte) y el “Tawantisuyu” (hemisferio del sur) se abrazaran en el Canal de Panamá.
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Al bajar del cerro, hay que ponerse a trabajar. La construcción del “tipi” pide la fuerza de los hombres y la preparación del cedrón la delicadeza de las mujeres.
El tipi es una típica construcción indígena. La palabra tipi proviene del término Lakota “lugar para vivir”, y ha sido mayoritariamente empleado por los pueblos de las llanuras centrales de Norteamérica.
La tienda debe levantarse orientada siempre hacia el Este y consta de unos grandes palos colocados de una manera especial para sostener la lona de esta especie de carpa.
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Mientras el mate va dando vueltas, las mujeres trituran entre sus dedos el cedrón que se utilizará en la ceremonia de la noche. Las palabras aparecen como si nada y rápidamente arman una charla donde cada una comparte el conocimiento de su pueblo con las demás.
Todo estaba preparado para la ceremonia en el tipi pero la presencia de un personaje amigo de esta zona nos sacó la ilusión de permanecer en él. El viento fuerte nos dejó el recuerdo de esta construcción sagrada.
La ceremonia se hará en el “hutu” donde no tendremos frío y estaremos más protegidos.
La guía la realiza Edward Mendoza de Arizona, EEUU. Con su voz cálida fue explicando durante toda la noche de que se trataba la ceremonia.
Con la idea de purificarnos y llevar salud y tranquilidad a nuestras familias todos participamos entregándonos al devenir de los momentos.
Los ruegos se fueron escuchando, otros quedaron en el pensamiento de cada uno y ahí, entre palabras, música, canto y silencios se pasó toda la noche agradeciendo y conectándonos con las distintas fuerzas de la naturaleza. Los cerros, el fuego, el agua, las estrellas, la luna y los primeros rayos de sol fueron testigos de este compartir. Todos sentíamos que nos conocíamos un poquito más, aunque sólo hubiéramos cruzado nuestras miradas.
Más tarde llegaron las despedidas, los abrazos, las promesas de volver a vernos, de escribirnos, pero sobre todo de seguir con fuerza cada uno luchando por la unión de los pueblos indígenas. Podrá ser a través de una gran carrera, a través de una gran marcha o quizás todavía no hayamos podido imaginar la manera pero no queda duda que esta unión debe llegar. Ya se sienten los latidos. Cada vez más cerca.

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