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Ranqueles

La pregunta surge siempre, estemos con la gente de la ciudad o sumergidos en los medanales del oeste pampeano. Está ahí latente, esperando el momento oportuno. Y de repente, escurridiza; aprovechando un pequeño silencio aparece. ¿Los ranqueles y los mapuches son el mismo pueblo? Había estado esperando por un largo tiempo, así que ahora la pregunta se instala y no quiere irse, se adueña de la conversación. Y espera respuestas.

Algunos nos cuentan que la nación ranquel es diferente a la nación mapuche, si bien comparten la misma lengua. Se les ponen los pelos de punta de solo pensar en que los confundan con los mapuches. Nos hablan de los documentos que existen donde se deja constancia de los tratados de paz que se realizaron antes de la (mal llamada) Conquista del Desierto, entre la Nación Argentina y la Nación Ranquel.

Otros, se enorgullecen de ser mapuches, “todos pertenecemos a la tierra, lo de ranqueles vino después, es una identidad territorial, geográfica”, nos dicen.

Las respuestas no dejan satisfecha a la pregunta, que quiere saber más y más.

Nos damos cuenta de que es un tema complejo, cada uno tiene su verdad y es respetable. Para unos, la nación ranquel proviene de la nación mamulche, la gente del monte, que habitaban desde tiempos inmemoriales el Mamull Mapu (País del monte). Se basan en escritos que han dejado algunos viajeros como don Luis de la Cruz, quien en 1806 cruzó el centro de la actual Argentina, desde  Chile hasta Buenos Aires; contando en su diario de viaje que se encontró con la nación mamulche, la cual vivía en total armonía con las otras naciones de alrededores.

Para otros, el pueblo mapuche es un gran pueblo, una sola nación, formado por distintas identidades territoriales, como los ranqueles (gente del totoral), los pehuenches (gente de los pinares), los huiliches (gente del sur), etc.  El hecho es que a esta gente de la tierra, del totoral, del carrizal fue casi exterminada por el estado argentino con Julio A. Roca a la cabeza de ese genocidio llamado Conquista del Desierto.

Aquí (como en todo el sur) no fueron los españoles sino el mismo gobierno argentino, quien a partir de ahí se encargaron de caracterizar al “indio” como salvaje, asesino, peligroso para de esta manera justificar la matanza que realizaron.

En la escuela nos han hablado de los malones, como esas organizaciones peligrosísimas y sangrientas que hacían los indígenas, sin explicarnos que esta gente se veía invadida, atacada y terriblemente masacrada y de alguna forma tenían que defenderse. No hay nada que justifique esta matanza.

Nos preguntamos cuándo llegará el día que los argentinos no permitamos más que ese señor Roca este en el billete más alto, ni que haya calles, avenidas, pueblos que lleven su nombre.

Ya conocemos la historia, se han esforzado por contarnos otra cosa pero no han tenido éxito. Poco a poco la verdad va apareciendo entre los escombros. Hasta esas calles, esas avenidas, esos pueblos reclaman otro nombre, sus esquinas lloran de vergüenza.

Cuando el gobierno dio por finalizada “la guerra al indio”, los pocos sobrevivientes en esta zona de La Pampa habitaban un lugar llamado Estancia La Blanca. No gastaron más balas. Los mandaron a Colonia Emilio Mitre, una zona desértica al oeste de la provincia. 625 ha. para cada familia, un pequeño lote en donde vivir, si se tiene en cuenta que los animales tienen que recorrer grandes extensiones de tierra en busca de pasturas. Seguramente pensaron que no iban a resistir. Sin agua, sin leña, sin sombra, sin nada que te de un poquito de ganas de vivir.

Pero las familias trabajaron y sobrevivieron.  Sacaron agua, se calentaron con el guano de sus animales. La tierra y el recuerdo de sus ancestros les dieron la fuerza que necesitaban y así criaron a sus hijos y los hijos de sus hijos.

Pero crecieron mamando la discriminación, la vergüenza de ser “indio”. En cada gotita de agua, en cada gotita de leche que tomaban se les iba enseñando a no hablar la lengua.

-   No hable la lengua afuera de la casa, m´hijito- decían las abuelas – lo pueden matar.

Y el miedo invadió todos los corazones, todas las almas. Se fue metiendo, bien escurridizo como la pregunta pero él sí consiguió respuestas. Logró que se perdiera la lengua, que se perdieran las ceremonias, que se perdieran costumbres, relaciones con la naturaleza. Pero el miedo  no pudo llegar a la tierra.    

Pasó mucho tiempo, aparecieron algunas leyes favorables y esa vergüenza se fue transformando en orgullo. La tierra se despertó dentro de muchos y comenzaron a transmitir su idioma por tanto tiempo olvidado. No son muchos los hablantes pero comienza a enseñarse en algunas escuelas, el mapuzugum, el idioma de la tierra.

Actualmente, los que se consideran mapuches, los que se sienten ranqueles y nada más, todos; luchan por ser escuchados y por rescatar a sus verdaderos héroes.

Mapuches

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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