La Pampa, lejos de ser aquella planicie larga y extensa que suelen contarnos los viejos manuales de geografía, es la tierra del medanal donde el paisaje cambia y se reinventa en un abrir y cerrar de ojos.
Esa “Tierra esquiva y agreste” que nos envuelve es la misma que toma forma en las manos de una joven artesana, ceramista y alfarera, de ojos oscuros y sombrero inamovible, Cristina Fiorucci.
Su obra va en búsqueda del rescate de las técnicas alfareras que utilizaban los antiguos ranqueles. Mientras mueve sus manos como moldeando un objeto imaginario nos cuenta que trabaja “tomando prestada esa actitud que tenía el hombre antiguo con la naturaleza, de respeto y tratando de socializar y difundir esas técnicas”.
Técnicas antiguas que se han ido dejando de lado por el esfuerzo que requieren. Pero Cristina viviendo rodeada de arena y arcilla no siente otra cosa que preparar su propia pasta con “nuestra propia tierra y nuestras arenas”. |
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¿Qué es eso de mandar a pedir cuando estamos rodeados de arcilla?
“Tierra, agreste y esquiva”, así se llama la muestra que está realizando en el Museo de las Artes de Santa Rosa. Estas son las palabras que eligen los poetas para referirse a esta pampa.
Uno transita la muestra y tiene la sensación de irse asomando al paisaje pampeano, al verdadero paisaje pampeano que el hombre de la ciudad no está muy acostumbrado a apreciar.
Las piezas, las vasijas, estas obras de arte hechas por las manos de Fiorucci, son de una expresividad y una originalidad pocas veces vista. Por momentos se representa un paisaje, por otros seguís avanzando y te acercas al retortuño, una planta pampeana que se usa en la medicina ranquel.
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“Como imagen para aplicar en las piezas he estado trabajando como recurso plástico, las pinturas rupestres, las huellas de los animales, la impronta de las plantas”, aprovechando estas ocasiones para que la gente se encuentre con momentos de la naturaleza que muchas veces pasan desapercibidos. |
Cristina nos cuenta de las clases que está dando en Santa Isabel y La Humada. Y ella misma se sorprende de los resultados. “Uno solamente los guía, los orienta a conocer el barro, a preparar la pasta y no les enseñas nada más. Porque de repente ellos empiezan a darle forma a esa tierra de la misma manera que uno ve en piezas arqueológicas, inspirados en el entorno, toman la imagen de los animales de la zona, de las plantas. Ahí es donde veo que se despierta esa chispa de la memoria ancestral. Soy una convencida de que existe la memoria ancestral porque uno empieza guiando, orientando y después termino aprendiendo yo”.
Nuestros pasos finalizan la muestra, nuestros ojos llenos del color de la tierra, de la arcilla. Rojos, marrones, morados, redondos los ojos de llenarlos de vasijas que se abrazan, otras que se unen en besos nunca dados. Una, por allá, solitaria, igualita a un búho nos da las buenas noches. Y nosotros nos vamos, de a poco, como queriendo que algo de nuestros pasos se queden ahí, con un retortuño en el bolsillo. Trae buena suerte, eso dicen. |